Soco Astorga: Sanadora de Mujeres

Guardiana de la montaña, hace 35 años vive en el Cajón del Maipo comprometida con la defensa ecológica de las 3.600 hectáreas que posee junto a sus 9 hermanos: los Astorga, quienes viven en comunidad. Convencida de que la naturaleza lo puede todo, Soco Astorga convoca a mujeres para encuentros sanadores en las noches de luna llena y nueva. Aquí, sus razones para sanar.

Sábado de luna llena. La primera del año. 09:30 de la mañana. Mil cien metros sobre el nivel del mar. San Alfonso, Cajón del Maipo. Ahí viene Soco Astorga. La convocante del Encuentro Pachamama, que se realiza dos veces al mes, cada luna nueva y luna llena en el Centro Turístico y Santuario de la Naturaleza Cascada de las Ánimas. Esta vez hay ocho mujeres que pasarán dos días en este recinto, para renacer espiritualmente a la luz de la naturaleza. Soco, de 55 años, madre de cinco hijos, intrépida, tonificada, acogedora, sobria de palabra y movimientos, las recibe y les muestra la cabaña donde alojarán después del largo día que les espera.

La Soco –nacida como Sara Florinda Ximena del Perpetuo Socorro– es parte del clan Astorga, famosos por ser propietarios de 3.600 hectáreas de cerros en el Cajón del Maipo, por su defensa del medio ambiente y por vivir en comunidad en el lugar. “La imagen de hippies millonarios excéntricos se derriba a poco andar. Somos gente trabajadora que ama la naturaleza, que abrimos camino a punta de pala y picota, que procuramos que el entorno esté limpio, que no nos contaminen el agua, que no nos destruyan la montaña. No queremos que este cajón se siga desertificando. Partimos hace treinta años haciendo ecoturismo y hoy, con nuestros nietos, ya vamos en la séptima generación acá”, afirma.

Después de estudiar Biología, Acupuntura y Biomagnetología, en los últimos 20 años Soco Astorga se ha dedicado a resguardar a mujeres de todas las edades para sanarles el espíritu a través de estos encuentros que ella organiza, por los que cobra 75 mil pesos. Se debe llevar sombrero, una botella para el agua, zapatillas de trekking, un pareo, una linterna, bloqueador solar y fruta. “Este fin de semana en la montaña es para sanarnos, nutrirnos y renovar nuestras energías, con aire puro, agüitas de vertiente, cascadas, belleza, flores, cóndores, círculo de mujeres y rituales de sanación”, dice mientras se abre paso por el santuario de la naturaleza.

Soco, idéntica a la famosa niña afgana de ojos verde flúor de la portada de la National Geographic en 1984, ofrece agüita de vertiente y hierbas naturales de su jardín. Ahí está la salvia, que quitará la sed, y la melisa, que entregará felicidad. Luego, presenta a Mireya y la llama su hermana de vida. Soco y Mireya –que es terapeuta integral, psicóloga transpersonal, especialista en interpretación de sueños, en sicomagia y arteterapia– acompañarán al grupo de “pachamamitas”, como cariñosamente se llaman.

LA SOLEDAD DE LAS MUJERES

Pan de zapallo, café, palta, miel y más hierbitas. Ese es el desayuno para esta jornada. Hoy, las ocho mujeres caminarán un par de horas hasta llegar a un esterito donde se bañarán y “harán el amor con el sol”. Antes, harán un pequeño círculo tomadas de las manos para agradecerle a la Pachamama por la bendición que será este par de días en sus vidas. “Gracias pachamamita por la vida”, dirán.

Esta mañana, todas están con sus pareos estilando de agua de vertiente que las cubre del sol y las refresca. Parecen flores ambulantes que, cual hormiguitas, avanzan por la montaña. “Cahuín” se llama el caballo que lleva algunos bolsos y que por momentos transporta a las más cansadas. La idea, dice Mireya, es pasarlo bien.

“Harto que nos presionamos en nuestra vida cotidiana como para venir a sufrir acá. La que se cansa se sube al caballo y disfruta. Punto”.

Cuesta a ratos. El sol inclemente pega fuerte. Las mujeres avanzan buscando sombra. Se detienen, respiran profundo, miran el paisaje y avanzan hasta una meseta. A la sombra de un gran quillay se emplaza el picnic con nueces, queso blanco artesanal, una pasta de albahaca, cilantro y ajo, palta y pan.

Ahí tejen una ofrenda para la Pachamama mientras conversan acerca del porqué están ahí. A todas las cruza una profunda búsqueda espiritual. Algunas vienen a disfrutar, otras quieren conversar de sus hijos, parejas, trabajos y, sobre todo, de la vida y su sentido. Soco quema unas hierbas y saluda a los cuatro puntos cardinales. Las mujeres cierran los ojos y, cuando los abren, unos caballos están escoltando el círculo. “Las mujeres cuando están con ellas mismas nunca están solas, pero no lo saben. Además, tienen hermanas de la vida que las acompañan, que son amigas entrañables con las que compartir, porque la verdad es que los hijos son pasajeros, los papás se van, los maridos no son eternos”, dice abriendo sus grandes ojos verdes. “Cuando me separé después de 17 años, la gente me hablaba de rehacer mi vida como si estar sola equivaliera a estar sin nada, a no tener vida. Y yo les explicaba, ‘estoy más viva que nunca y estoy viviendo mi vida como nunca. No estoy sola”, afirmaba Soco, quien llegó a instalarse a la cascada a los 21 años, recién casada con Juan Pablo Orrego, ecólogo e integrante de la banda Los Blops. Sin luz ni agua ni nada de lo que hoy existe, con él abrió caminos, creó canales, plantó su huerta. Ahora, su actual pareja desde hace 14 años, Joe Willie Jones, de Alaska, participa también de estas aventuras sanadoras en la montaña.

“Las mujeres que vienen a estos retiros buscan cambios en su vida, buscan su espíritu. Y es la naturaleza la que de lo muestra. Sin espíritu, sin conocerte, se vive con mucho miedo, porque te pegas a la materia. Y el miedo no es más que el resultado de una vida poco plena”, comenta Soco Astorga.

Después viajó por el mundo conociendo tribus indígenas, viviendo con ellos, aprendiendo los rituales que hoy dan vida a los encuentros que encabeza. Recorrió México, Canadá, Estados Unidos, Guatemala, Costa Rica y, hace un par de años, el Tíbet y la India con su hermano Ricardo, famoso por sus programas televisivos que muestran rutas en el mundo.

¿Qué ves en las mujeres que llegan? ¿Qué temas las atraviesan?

Siento que las mujeres nos perdemos mucho en los demás, sobre todo cuando eres madre, porque comienzas a vivir para los hijos. Muchas dan su vida por la pareja sin darse cuenta y terminan viviendo para otros, olvidándose de sí mismas. Entonces llegan acá en esa búsqueda. No saben lo que son, ni lo que quieren, ni cómo vivir.


¿Peleamos con nuestra condición de mujer?

No sé si se trata de estar peleadas con nosotras mismas, pero no nos empoderamos ni nos valoramos como las diosas dadoras de vida que somos. Hemos engendrado y parido y criado a toda la humanidad. Necesitamos encontrarnos, por lo mismo, para que seamos independientes, autosuficientes y nos sintamos plenas.

¿Cómo explicas la importancia de aquellas mujeres que son “hermanas de vida”, en una época más dada a la competitividad?

La competitividad afecta a mujeres que no están bien, que no están en paz ni son felices. En los encuentros me doy cuenta de que los problemas e inseguridades de las mujeres son muy parecidos. Es mágico que nos entendamos tan bien al compartir nuestros miedos. Algo pasa cuando nos sentamos en círculo y conversamos a la sombra de un quillay de doscientos años, con las nubes preciosas, con la montaña, con el sol… Algo fluye. Podemos hablar de nuestros hijos, de nuestros abortos, de cómo perdonarnos, de dejar la culpa. También podemos hablar de los orgasmos, de los que nos faltan, de los que no tenemos, de los que no conocemos.

Soco, de eterna juventud, está atravesando la menopausia, pero en ella no se ve malestar alguno. Su energía es desbordante y cuando una mujer se cansa, la sube al caballo y se la lleva adelante. Luego regresa con el caballo por si otra lo necesita, y así puede hacer fácilmente el recorrido incluso dos veces. Su estado físico es envidiable. “La menopausia, como le llaman, no es un momento fácil para la mujer, pero sí muy especial. Yo lo estoy viviendo y no ha sido fácil, pero también ha sido maravilloso, porque te encuentras nuevamente contigo. Es como parirte de nuevo a ti misma, es el nacimiento a una vida que es solo para ti. Es el momento más pleno de la mujer. Las mayores creaciones de las mujeres, sus máximas obras, las más lindas pinturas y sus libros más bellos corresponden a esta época. No es casual. Es el momento en el que puedes dedicarte por completo a lo que crees que viniste a esta vida”.


LOS ASTORGA

Su padre, Eduardo, ingeniero agrónomo, le dio a Soco y a sus nueve hermanos una infancia en la que la naturaleza siempre fue una más. Así, crecer acampando, plantando árboles, caminando y subiendo montañas, fue el mapa rutero que signó la vida de los 10 hermanos Astorga y que los llevó a vivir en comunidad. Todos menos uno, que vive en Ecuador, y otro que falleció y cuyos restos yacen en el cementerio que la familia Astorga tiene en su comunidad. Ahí también están los restos de su padre. Soco ya lleva 35 años viviendo en la montaña.

Un asunto familiar fue la dura pelea que dieron contra Gas Andes para impedir que el gasoducto atravesara la cascada. “Nunca negociamos con ellos. Jamás. Era a vida o muerte. Este lugar es muy importante para nosotros y no permitiremos que dejen verdaderas cicatrices en la montaña”, sentencia. Ahora, con esa lucha ya ganada (la empresa tuvo que buscar otro camino), está abocada a pelear contra el proyecto hidroeléctrico Alto Maipo trabajando codo a codo con la Coordinadora Ciudadana Ríos del Maipo: “No vamos a permitir que se lleven el agua de los ríos El Volcán, El Yeso y Colorado. El impacto es tremendo en todo el sistema hídrico del Cajón del Maipo, que además nutre de agua al Gran Santiago. Basta ver lo que sucedió hace unas semanas con el aluvión. Llevamos cinco años peleando para que no se ponga en riesgo el agua de Santiago, ni el sistema hídrico del Cajón ni nuestra naturaleza. No soy ninguna experta en energía pero es sabido que las energías alternativas son totalmente aplicables en todo el mundo, lo que pasa es que no son tremendos negocios, como las centrales hidroeléctricas”. Para costear los millonarios gastos de la demanda, Soco, de la mano de la Coordinadora Ciudadana, organiza eventos. Su hermano Ricardo la ayuda a convocar a artistas y público.

¿Qué tiene la montaña que te hace querer defenderla?

En la montaña nace el agua, la vida. Ahí está la magia, porque es el comienzo de todo. Hay una energía maravillosa que se siente y se ve. Tengo una hermana que hace cabalgatas a la alta cordillera y de regreso, cuando paran por ahí, la gente les pregunta de dónde vienen, por qué se ven tan luminosos. La respuesta es: la montaña, sus esteros, los quillayes, las nubes, el cielo, todo.

RENACER EN LA MONTAÑA

En una jornada, las mujeres han caminado, se han bañado en esteros prístinos, han tejido, han orado, han meditado y compartido sus secretos. Se han dado ánimo, se han besado las manos en señal de hermandad y cariño. Hace 12 horas no se conocían. Ahora son hermanas en la Pachamama. Las mayores acogen a las más jóvenes. Las más jóvenes ayudan a las mayores.

Una carpa al lado de un fuego y unos tambores que toca Mireya las reciben. Es el ritual de la noche de luna llena. Perfectas piedras volcánicas recogidas en todo Chile por Soco arden en el fuego antes de instalarse en el centro de la carpa para comenzar la ceremonia de renacimiento. Sí, porque con este ritual se ofrece a la Madre Tierra una vida nueva. Las mujeres rezan y cantan mientras el vapor nace asfixiante cada vez que Soco lanza agua con hierbas. Es como un sauna curativo y emotivo. Sanador. Íntimo.


“Sin conocerse, entre las mujeres se da una complicidad hermosa. Eso es la Pachamama: la magia de la naturaleza. Podría ser en la playa también. Y caminar y sentirnos y darnos cuenta de que no estamos solas. También suelo recomendarles que busquen los tres tesoros: ejercicio inteligente –caminar, yoga, tai-chi, nadar–, masajes y meditación. Con esas tres cosas logras un cuerpo que acompañe a tu espíritu”, dice Soco.

La noche sorprende a las mujeres agotadas. Ha sido un largo día. Aun así, todas se juntan en el restorán del complejo turístico a cenar panqueques de verduras, con ensaladas, jugos naturales y agua con limón. De postre hay fruta y leche asada. Soco trae el café y las aguas de hierbas. Luego se va con Mireya a dormir a su casa. Las mujeres echan su humanidad en las camas de la cabaña 8, una de muchas que se arriendan a los turistas.

“Las mujeres, cuando están con ellas mismas nunca están solas, pero no lo saben. Además, tienen hermanas de la vida que las acompañan, que son amigas entrañables con las que compartir, porque la verdad, es que los hijos son pasajeros, los papás se van, los maridos no son eternos”.

El domingo comienza con un nuevo desayuno preparado por Soco y Mireya en la terraza de su casa. Hablan de los sueños, de la ceremonia de la noche, de cómo vivir la nueva vida a la que han nacido de la mano de la Pachamama. De lo bien que se sienten. La jornada del día contempla una pequeña caminata, una clase de masajes, meditación, un almuerzo en casa de Soco y una lectura de tarot por parte de Mireya. Nuevamente agradecimientos a la Pachamama reunidas en círculo y tomadas de las manos. La mano derecha recibe, la izquierda da, enseña Soco.

“Me siento renovada y feliz con el agua de las cascadas, la caminata a la montaña, el paisaje hermoso, el fuego, el aire y la tierra que nos ha cobijado –afirma Ross Mary Márquez, de 52 años–. Siento que me he purificado. De alguna manera me siento libre, libre, libre y con fuerzas para seguir en la vida diaria, pero con un mejor y más profundo sentimiento de que hoy estoy viva, hoy aquí y ahora, sin pasado ni futuro, solo hoy y pidiéndole a mi creador que me dé la sabiduría necesaria para hacerlo de la mejor manera”.

El retiro termina. Las mujeres intercambian sus correos y se abrazan. En nombre de la Pachamama se han juntado para renacer y vuelven a la ciudad confiadas en vivir acorde a las diosas dadoras de vida que han descubierto.

Soco se despide para ir a una protesta contra la central hidroeléctrica. Más tarde regresará a meditar y a caminar por la montaña.